21 de febrero de 2010

Tu estado de ánimo depende del estado de ánimo de los demás (II)


Nuestro abanico de muecas es impresionante. Porque no sólo es una señal para transmitir lo que pasa en nuestras mentes. De alguna forma, también es lo que pasa en nuestra mente, influye en ella, como sostiene Paul Ekman (sí, el personaje de Lie To Me se basa en él).

Ekman fue uno de los fundadores del llamado Sistema de Codificación de las Acciones Faciales o FACS. Es un documento de 500 páginas con toda clase de detalles acerca de los movimientos posibles de los labios (alargar, arrugar, comprimir, aplanar, ampliar, sacar, tensar); los cuatro cambios que se pueden producir en la pie entre los ojos y las mejillas (protuberancias, bolsas, arrugas); o bien las diferencias más significativas entre arrugas infraorbitales y nasolabiales.

Los investigadores han usado este compendio de expresiones para toda clase de cosas, desde investigar la esquizofrenia hasta las enfermedades de corazón. Incluso ha servido a los animadores de Pixar y Dreamworks para hacer películas como Toy Story o Shrek.

Se necesita mucho tiempo para dominar todos los FACS. Pero los que lo han logrado también han adquirido un grado extraordinario de intuición a la hora de interpretar los mensajes que nos enviamos unos a otros cuando nos miramos a la cara.

Por ejemplo, la felicidad. Está representada sobre todo por los UA (Unidades de Acción) seis y doce: contracción de los músculos que sirven para levantar las mejillas (orbicularis oculi, pars orbitalis) combinada con el zigomático mayor, que sirve para alzar las comisuras de los labios.

O el asco. Sobre todo con los UA nueve, para arrugar la nariz (levator labii superioris, alaeque nasi), pero a veces también el número diez, y en ambos casos se pueden combinar con los UA números quince, dieciséis o diecisiete.

Pocos de nosotros podemos controlar la UA número uno a conveniencia, la señal de tristeza.

Como se pueden imaginar, todo este abanico gestual, además de automático, también es universal. Si ven filmes de tribus en las junglas remotas de Papua Nueva Guinea, como los South Fore o los Kukukuku, enseguida adivinas quiénes son más pacíficos y amistosos y quiénes, más hostiles y asesinos.

De modo que cuidado de quienes nos rodean. Nuestra salud anímica, entre otras muchas cosas, depende fuertemente de ello. ¿Tal vez una solución utópica sería rodearse siempre de actores profesionales adictos al método Stanivslaski que sólo transmitieran estados de ánimo positivos?

Inteligencia social de Daniel Goleman

11 de febrero de 2010

Tu estado de ánimo depende del estado de ánimo de los demás (I)


Cada vez más, la memética permite revelarnos que nosotros, de una forma asombrosamente profunda, somos en gran parte una suma de influencias por parte de la gente con la que tenemos un contacto cotidiano.

Por esa razón, el refranero popular cobra mayor importancia a la luz de sus nuevos descubrimientos: dime con quién andas y te diré quién eres (no sólo porque tú decidas andar con ellos, sino porque ellos acabarán influyendo en tu forma de pensar, en tu estado de ánimo, en tu estado físico, en tu manera de hablar y hasta en aspectos tan peregrinos como tu peso o tu salud cardiovascular).

El impacto emocional de las personas que nos rodean quedo expresado en un curioso experimento realizado con estudiantes voluntarios de la Universidad de Wurzburg, Alemania.

Los sujetos debían escuchar una voz grabada leyendo un párrafo muy pesado y aburrido, una traducción alemana del Tratado de la naturaleza humana, del filósofo David Hume. Ya os lo podéis imaginar: un rollo.

Pero la grabación tenía dos versiones diferentes. Una ligeramente alegre y otra ligeramente triste. La diferencia entre ambas, sin embargo, era tan sutil que nadie se percataba de ella a menos que se le indicara expresamente.

Pero lo cierto es que ambas grabaciones, dependiendo de su tono sutil, determinaban que luego el sujeto saliera un poco más alegre o un poco más triste después del experimento.

La infiltración del estado de ánimo en los estudiantes era tan poderosa que ésta se producía incluso cuando los sujetos realizaban alguna tarea que les distrajera de la grabación, como rellenar los agujeros de un tablero de madera. Estas distracciones no permitían que los sujetos entendieran el párrafo de Hume (y sin distracciones es muy posible que nadie lo entendiera realmente), sin embargo el contagio de estado de ánimo se producía con la misma intensidad.

O dicho de otro modo: no importa lo que digas sino cómo lo digas.

No debemos, no obstante, confundir estados de ánimo con emociones. Las emociones solemos saber a qué están asociadas. Pero los estados de ánimo surgen sin que sepamos muy bien qué nos ha llevado hasta él (de ahí proviene, por ejemplo, lo de “hoy me he levantado con mal pie”).

En este sentido, el experimento de Wurzburg pone de relieve que nuestro mundo debe estar repleto de desencadenantes del estado de ánimo. Desde la música ambiental de un ascensor hasta un tono de voz.

Las expresiones faciales de los demás también nos influyen. Lo de que la risa es contagiosa es completamente cierto. Pero también lo es el resto de muecas gracias a nuestras neuronas espejo.

Como apunta Daniel Goleman, este reflejo de la imitación favorece una especie de puente intercerebral que nos expone a las influencias emocionales más sutiles de quienes rodean. O simplificando: demuestra que somos seres empáticos.

Luego hay personas más o menos sensibles, por supuesto (yo me considero hiperestésico, qué le vamos a hacer). Pero en todos nosotros la transacción emocional vía visual se produce también a nivel inconsciente.

Imitamos la alegría de un rostro que sonríe tensando los músculos faciales que esbozan la sonrisa, y esto ocurre de manera automática, aunque nosotros no queramos. Puede que pensemos que realmente no ocurre algo así, pero la monitorización de la musculatura facial pone claramente de relieve la presencia de ese reflejo emocional.

Edgar Allan Poe tuvo una comprensión intuitiva de este principio cuando dijo:

Cuando quiero saber lo bondadosa o malvada que es una persona o qué es lo que está pensando reproduzco en mi rostro, lo más exactamente que puedo, su expresión y luego aguardo hasta ver cuáles son los pensamientos o sentimientos que aparecen en mi mente o en mi corazón que equivalen o se corresponden con esa expresión.


tomado de:
Inteligencia Social La nueva ciencia de las relaciones humanas
Daniel Goleman